El Palacio de Nolla

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Todos nos hemos sentido alguna vez atraídos ante la visión de un viejo edificio, más si la estructura en cuestión se haya deteriorada y mantiene aún reminiscencias de lo que fue un pasado de esplendor. Eso me sucedía cada vez que pasaba delante de aquel palacete. Su aspecto ruinoso no la empequeñecía, le añadía todavía más encanto, la belleza perdida de lo que en su día había sido una noble y envidiada residencia. En el barrio de Nolla y a escasos metros de la población de Meliana, situada junto a  una carretera secundaria, pero muy transitada ya que el camino conduce a la playa, se alza este increíble palacete, Un día, quise acercarme a más a él, detuve el coche, me acerqué a la verja del jardín y lo fotografié. Inmediatamente quise saber más, y cuando descubrí su historia no podía creer que habiendo estado tan cerca había permanecido tanto tiempo alejado de mí.

El Palacio de Nolla fue construido en el siglo XVII, en un principio fue propiedad de la orden religiosa de los dominicos que utilizaron este y otra edificación adyacente para crear una alquería de explotación agrícola. Tras la desamortización en 1844 es adquirida por la importante y acaudalada familia  Sagrera,  dueños de empresas textiles en Valencia, que lo convierten en palacio residencial y casa de campo para la familia. En 1838, Juana, una de las hijas de los propietarios se había casado con Miguel Nolla, nacido en Reus y perteneciente a una familia que también se dedicaba al negocio de las telas, en ese momento tenían tres hijos. Aunque él ya contaba con los negocios de su familia,  sin duda fue este matrimonio lo que le proporcionó una posición destacada dentro de la alta sociedad de Valencia. En 1862 , Miguel Nolla funda la fábrica de cerámicas de Nolla, ubicada junto al palacete.

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Durante ese tiempo se asocia con la madre de Juana, que había enviudado recientemente, y uno de los hermanos de su esposa, formando una empresa que une definitivamente a las dos familias. La Importancia y la calidad de la cerámica de Nolla es tan grande que alcanza un gran mercado incluso fuera de España, entre sus clientes se encuentran personajes como la familia Romanov de Rusia, Alfonso XII o el general Prim. El Palacete de Nolla se transforma hasta llegar a ser una especie de catálogo de los diferentes mosaicos de la cerámica de Nolla, se encuentra en su momento de mayor brillantez.

Pero no todo era luz y esplendor en el interior de la casa. Juana no era feliz. Tenía tres hijos, un marido y una empresa familiar de éxito. Sin embargo y pese a todo eso, un día su conducta se ve alterada, comienza a dejar de realizar sus tareas diarias  en la empresa,  se concentra en la lectura de novelas, se muestra ausente, triste, taciturna y cuentan que sufre ataques de ira. Miguel, su marido, aparentemente preocupado, la envía fuera de Valencia, a la casa de unos parientes en Murcia para que descanse y recupere fuerzas, pero sólo unos días después le escribe desesperada pidiéndole que le permita regresar, pues es incapaz de vivir alejada de sus hijos.

Su vuelta es aún peor, se muestra celosa ante todas las mujeres que rodean a su marido, como la esposa del nuevo director de la fábrica o personal del servicio y amenaza con dejarlo, sufre además la muerte de uno de sus hijos y cuentan que tiene tendencias suicidas. Su marido no le permite salir del palacete, la aísla del mundo a pesar de sus súplicas, la desautoriza frente al servicio, la insulta y desprecia frente a sus amigos, ella le escribe cartas llenas de dolor y desesperación explicándole su situación, pero Miguel de carácter severo y autoritario las ignoraba haciéndole enfermar aún más. Miguel Nolla recurre a los mejores facultativos y médicos ante ello, pero no quizá con la intención de curarla, sino más bien con la de incapacitarla. Existen dictámines de esos médicos que hablan de la demencia de Juana, aluden para ello a que presenta una predisposición genética, pues su padre murió de una apoplejía y su madre de una afección melancólica y eso unido a la idiosincrasia uterina que según los médicos sufría les llevaba a concluir que debía de ser apartada para “evitar los prejuicios que su enfermedad podría irrogar a su persona, a su familia y a la sociedad” El diagnóstico fue el de demencia furiosa.

Finalmente, y parece ser que con nocturnidad y alevosía, Miguell Nolla, dos facultativos y dos de los hermanos de Juana la engañaron para internarla en el manicomio de San Baudilio de Llobregat cerca de Barcelona, por supuesto para ello contaron con la colaboración del director del manicomio.

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Allí pasó internada cerca de un mes, hasta que gracias a los contactos que su tio, Gaspar Dotres, tenía en Barcelona lograron encontrarla. La historia cuenta que una madrugada, un juez de Valencia ordenó la detención de todos los hombres que habían colaborado en el secuestro de Juana y finalmente esta fue liberada. Ignoro las penas que les fueron aplicadas a  estos hombres, parece ser que a los dos médicos sí se les retiró la licencia para ejercer como tales, el resto se puede intuir, siglo XVIII, cuatro hombres contra una mujer… la pena de Juana sería la de morir sola y alejada de sus hijos pues aunque un juez la liberó de su cautiverio, su marido no le permitió volver a verlos jamás y Juana acabó muriendo a los 54 años sola, en su piso de la calle de la Barcas de Valencia.

Supe de esta historia al leer las cartas “locas” de Juana Sagrera, cartas de una mujer desesperada, incomprendida,  que no conoce el origen de sus males y no sabe qué hacer para mermarlos pero en ningún caso loca. La historia se repite, una mujer con poder, más que el de su propio marido, pero celosa, depresiva, excéntrica e incontrolable, es traicionada por su propia familia. Inevitable recordar a esa otra Juana, la cautiva de Tordesillas, hija de los Reyes Católicos, otra  mujer víctima  de su tiempo.

Carolina García Alvarado

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