Galileo, la crueldad del genio.

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Galileo Galilei, el gran astrónomo, matemático, físico, filósofo… en él se encarnaba el perfecto hombre del renacimiento. Admirado por tantos a lo largo de siglos, Galileo Galilei el ilustre, racional y sistemático hombre que continuamente se hacía preguntas y quiso mirar directamente a las estrellas. Sus logros, descubrimientos e inventos son conocidos por todos, sus estudios sentarían las bases en las que Newton basaría la física clásica, pero también destacado fue su enfrentamiento y oposición hacia algunas creencias de la iglesia, pese a que era un firme creyente y practicante católico.

Pero como ocurre y ha ocurrido en otras muchas ocasiones, tras el genio también se ocultaba un simple hombre, que imperfecto y mortal como cualquier ser humano cometió errores y no tomó quizá las decisiones adecuadas o simplemente, porque no decirlo de esta forma, quizá el gran Galileo Galilei fue también un hombre cruel. El gran observador del cielo descuidó el lado más terrenal del mundo para concentrarse únicamente en el universo, o mejor dicho en su propio universo.

Nunca llegó a casarse, pero durante muchos años mantuvo una relación con Marina Gamba a quien conoció cuando estuvo en Venecia. Tuvieron tres hijos, Virginia, Livia y Vincenzo. Pero estos fueron ilegítimos, pues Galileo nunca los reconoció. Se tiene constancia de ello porque en ninguno de sus registros bautismales aparece Galileo como padre de los vástagos. El motivo por el que no lo hizo fue, seguramente, debido a su posición de profesor y sus importantes e influyentes amistades entre la nobleza veneciana donde, quizá, no hubiera estado bien visto el haber tenido descendencia con una mujer que se encontraba tan “alejada de sus círculos más íntimos”. De hecho sus nacimientos simple y tristemente se consideraron frutos de las relaciones de Marina Gamba con “hombres desconocidos”, aunque con el tiempo y ya establecido en Padua, parece ser que el astrónomo sí reconoció que era el padre de los tres niños, aunque nunca de forma oficial. Ninguno de ellos, a excepción de Vincenzo, llevó el apellido Galilei, sus hijas utilizaron siempre el apellido materno . Nunca vivió con Marina, ella ocupó una casa en Padua junto a sus hijos, no lejos de donde vivió Galileo pero siempre manteniendo las distancias. Marina enfermó y falleció siendo muy joven. En un acto de caridad, si así puede decirse, el astrónomo se hizo cargo de los niños que apenas si tenían entre 9 y 12 años. Aunque de lo que realmente se ocupó fue de fraguar y sellar definitivamente sus jóvenes destinos.

Galileo entendía que, al no haberse casado nunca con su madre, sus hijas tampoco eran merecedoras de contraer matrimonio, así que sin remisión alguna las internó en el convento de San Mateo de  Arcetri, en la ciudad de Florencia. En cambio, para Vincenzo tenía otros planes, lo envió a estudiar derecho a Pisa y consiguió que fuera legitimado por el Gran Duque de Toscana, no sabemos por qué Galileo reconoció únicamente al varón de los tres niños, pero quizá podemos intuirlo, lo hizo en 1619, siete años después del fallecimiento de Marina Gamba. A partir de ese momento dejó de llamarse Vincenzo Gamba, para convertirse en Vincenzo Galilei (por tener el mismo nombre, Vincenzo con frecuencia es confundido con el padre de Galileo).

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 El joven Vincenzo Galilei (1606-1649)

Vincenzo sí se casó y tuvo una vida que se podría catalogar como cómoda y feliz. Vivió hasta su muerte en Padua, allí se convirtió  en músico,  además fabricaba instrumentos y según las fuentes antiguas estaba dotado para la poesía, la música y la mecánica. Incluso el físico Vincenzo Viviani menciona al hijo de Galileo como un gran constructor de instrumentos musicales, al igual que su abuelo, y en especial de un laúd, del que dijo textualmente:   “El laúd está hecho con tal arte que, interpretándolo de manera excelente, extraía voces continuas y oligárquicas de las cuerdas como si se estuvieran emitiendo de las pipas de un órgano … “.

El destino de Virginia, de doce años, y el de Livia, de tan sólo once, habría de ser otro. Las niñas ingresaron en el convento con la finalidad de que con el paso de los años tomaran los hábitos y se convirtieran en religiosas. De esos primeros años no se tiene ninguna referencia, en cambio si las encontramos una vez que se convirtieron en sor María Celeste y sor Arcángela.

Virginia, declarada devota admiradora de su padre, tomó en sus votos religiosos el nombre de María, por ser el de la Virgen y Celeste en honor a su padre.  La hermana María Celeste mantuvo una larga correspondencia con su padre durante años. Se conservan hasta 124 cartas escritas por ella desde el convento.

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Durante más de diez años intercambiaron opiniones y vivencias a través del papel, lamentablemente las enviadas por Galileo no se conservan, alguna leyenda cuenta que las hicieron desaparecer  desde el convento una vez Virginia falleció. El contenido de las cartas es variado, aunque se centra sobre todo en la vida y vivencias en el convento. Virginia de vez en cuando hace referencia a la “desgraciada situación” en la que vive Galileo a causa de su enfrentamiento con la iglesia, en ellas se puede leer como ella, abnegada hija y profunda cristiana, alienta y anima a su padre en las horas más bajas. Pero las cartas también nos dan a conocer el dato de que Galileo Galilei mantuvo siempre una buena relación con el Papa Urbano VIII. Hasta seis fueron las veces en las que esté lo recibió en Roma. Por las palabras y el lenguaje que siempre utiliza María Celeste en sus cartas se puede deducir fácilmente que la relación de Galileo con la iglesia no fue tan hostil como a veces se ha querido creer, es más, durante toda su vida parece que se mostró muy cercano al mundo eclesiástico y buscó siempre su aprobación.

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 Virginia Gamba, sor María Celeste.

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  Galileo y Virginia en San Mateo.

En las cartas también encontramos alguna referencia a su otra hija. Livia, que tomó el nombre de Sor Arcángela una vez se convirtió en religiosa. Datos muy superficiales y sin apenas trascendencia. Virginia la menciona en ocasiones informando a su padre del estado de su hermana. Contaba que casi siempre se encontraba enfermiza, parece que la vida en el convento no le gustaba y no terminaba de adaptarse, en muchas ocasiones deseaba tener afeites y maquillajes, vestirse como cualquier mujer y prescindir de los hábitos, le pedía a su hermana que le escribiera a su padre para que se los enviara. No he podido encontrar ningún registro ni alusión a Livia en ninguna otra fuente.  Pero la imaginación me lleva a pensar que para Livia, a diferencia de Virginia, la vida dentro de los muros de San Mateo fue extremadamente dura. Tal vez, durante toda su vida, mantuvo la esperanza de que algún día saldría de allí, de hecho tardó algunos años más que Virginia en tomar sus votos.

En 1633 Galileo, después de un largo proceso inquisitorial, es condenado por la iglesia y  a vivir confinado hasta el fin de sus días encerrado en su casa. Galileo consiguió que se le permitiera cumplir la pena en la villa que tenía en Arcetri, muy cerca del convento donde se encontraban sus hijas. Dicen que realmente lo hizo porque pretendía alejarse de muchos de sus correligionarios que no le habían perdonado la cobardía de su abjuración.

Solo un año después, Virginia, su amada hija, enferma y muere de forma súbita. Parece que esto debió de afectarle mucho pues Virginia se había convertido en su máxima confidente, su fiel apoyo ahora que parecía que algunos de sus antiguos amigos le daban la espalda. Pero ni en esa circunstancia, ni aun sabiendo que Livia había permanecido treinta y tres años enclaustrada, que en ese momento además había perdido el apoyo de su hermana, que continuamente se encontraba enferma, que nunca quiso residir en un convento, que siempre soñó para ella otro destino, ni así, Galileo hizo nada por ayudarla

Galileo Galilei murió a la edad de 78 años, solo ocho  años después de su hija Virginia.

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Tumba de Galileo en la Basílica de la Santa Cruz de Florencia.

Aunque no hay ninguna inscripción que lo confirme, la leyenda cuenta que los restos de Virginia fueron depositados en la misma tumba donde descansa Galileo. Lo cierto es que en los archivos de la Basílica de la Santa Cruz,  cuyo  ilustre cementerio  alberga los cuerpos de grandes personajes de la historia como Dante o Maquiavelo,  si se recoge el enterramiento de Virginia Gamba, pero no indica el lugar exacto.

Livia, que tomó los hábitos con el nombre de sor Arcángela, tomó ese nombre quizá a la espera de que el mismo Arcángel Gabriel la liberara y salvara de su cautiverio, desaparece de la historia en ese momento. Nunca sabremos más pues ni siquiera conocemos que fue de ella una vez falleció su hermana. Algunos registros apuntan que falleció en 1659 , el lugar donde fue enterrada es desconocido. El convento de San Mateo en Arcetri solo conserva datos de los religiosos internos desde principio del siglo XX, así que es imposible conocer el destino de Livia.

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Livia Gamba, sor Arcángela.

Al final, ya fuera Dios, la providencia o el destino hizo que Galileo Galilei fuese condenado a una vida de clausura, alejado de sus amistades y despojado de sus ideas y convicciones. Exactamente la misma crueldad que mostró ante sus hijas cuando decidió que aquellas dos niñas no tenían derecho a ser libres.

Carolina García Alvarado

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