El buen Papa Borja

No parece posible encontrar la palabra bondad unida al nombre de un miembro de la familia valenciana de los Borja (que no Borgia, pues fue Rodrigo Borja quien italianizó el apellido familiar una vez alcanzó el Papado). Pero sí, hubo un Papa Borja prudente y comprometido con su cargo durante todo su papado (aunque este solo durase tres años)

La historia y la leyenda negra dejada por esta familia es sin duda conocida por muchos. Envenenamientos, asesinatos y relaciones incestuosas definen de forma breve y quizá generosa lo que fue su estancia en Roma. Pero algunos años antes de que ese “Borgia”, el futuro Alejandro VI, ocupara  la silla de San Pedro, otro miembro de la familia Borja ya había sido nombrado Obispo de Roma.

Alfonso Borja nació el último día del año de 1378 en Torreta de Canals, Valencia. Sus padres, de origen zaragozano se instalaron en Valencia tras haber participado en la conquista de la ciudad junto a Jaime I. Alfonso volvió unos años después a Zaragoza para cursar estudios de derecho. Parece ser que es allí donde decide conducir sus pasos hacia la vida eclesial. También es en ese momento cuando se acerca a la causa de Pedro Martínez de Luna, el futuro Benedicto XIII conocido como el Papa Luna, que pugnaba por ser reconocido como Pontifex Maximus en medio del Gran Cisma de Occidente.  Ese acercamiento lo llevó a ser nombrado canónigo de la iglesia de Lérida, trabajando además como jurista y diplomático del rey Alfonso V,  el Magnánimo.

En 1423 el Papa Benedicto XIII muere y como sucesor el cónclave elige a Clemente VIII, que como su antecesor mantiene su sede en Peñiscola, Castellón (hay que recordar que ambos fueron declarados por la iglesia como antipapas)  Poco después, el rey Alfonso que en un principio se había mostrado a favor de  la causa de Benedicto VIII por sus propios intereses en Roma, envió a Alfonso de Borja hasta la sede de Clemente VIII para que mediara y lo convenciera de que renunciara al papado en favor de Martín V. Tras conseguirlo Alfonso de Borja conseguiría ser nombrado obispo de Valencia.  Aunque el obispado sería breve, pues poco más de tres años después viajó junto al rey Alfonso hasta Roma como vicecanciller y consejero real.

En 1442 fue nombrado cardenal por el Papa Eugenio IV. Es entonces cuando se produce, lo que sería la única acción reprobable cometida por Alfonso de Borja durante su estancia vaticana. El nepotismo.

Probablemente y ante la visión de encontrarse solo en medio de la Santa Sede y rodeado de cardenales italianos que ya desde ese momento recelaban de su persona, introdujo rápidamente en el Vaticano a sus dos sobrinos, Luis y Rodrigo, a quienes tenía como tutelados, concediéndoles a  ambos altos y sustanciales cargos. El destino de Luis sería el de las armas y acabó formando parte del servicio personal del rey de Nápoles y Rodrigo ,más joven, continuó con sus estudios y llegó a convertirse en canónigo.

El cardenal Alfonso Borja

                                               

          LA PROFECÍA

El 23 de Febrero de 1447 moría el Papa Eugenio IV sucediéndole a este Nicolás V. Alfonso , que desde niño había soñado con ocupar el trono de San Pedro, veía como los Papas se sucedían uno tras otro frente a él , mientras el inevitable paso del tiempo lo había convertido en un septuagenario. Comenzó a dudar de que se llegase a cumplir aquella profecía vaticinada cuando solo era  un niño por  aquel dominico valenciano.

El pontificado de Nicolás V duró solo ocho años, que  aunque no contaba con una edad avanzada, sufría de varias enfermedades y  en los años en los que fue Papa se produjo la caída de Constantinopla, un duro golpe para las iglesias católica y ortodoxa.

Al haber sido consejero de Nicolás V y persona muy cercana a él, Alfonso es votado de forma unánime en cónclave y finalmente y a la edad de setenta años se convierte en Papa, en el año 1455. Pasará a la historia como Calixto III.

El Papa Calixto III

        Tú serás Papa y a mí me harás santo

Calixto no olvidaría nunca las palabras de aquel monje y efectivamente el mismo año en el que fue portador de la Tiara Papal lo canonizó como tal.

El santo en cuestión se trataba de  San Vicente Ferrer, cuando Alfonso era  un niño acudió un día a escuchar a un monje que se dedicaba a predicar por las calles de Valencia. Le causó tal impacto que volvió varios días después  para continuar oyendo su sermón, lo hacía de manera tan fervorosa que al final el dominico acabo por dedicarle tales palabras.

Hasta no hace mucho  se consideraba simplemente una leyenda que contaban numerosos biógrafos  de Calixto, pero recientemente y a través del archivo de la ciudad de Milán, se encontró un documento entre la correspondencia diplomática del duque Francesco Esforza,  fechado el 22 de Mayo de 1455 que constata la realidad de la leyenda y en que se puede leer:

“Avisamos a Vuestra Señoría de una noticia de última hora: mañana nuestro señor el Papa procederá a la canonización del beato Vicente Ferrer, en consistorio público y de modo solemne, como se requiere en tales actos. Y a esto se ha inclinado más Su Santidad que los predecesores suyos porque le avisó que sería promocionado al papado y que mediante su persona en esta sede santo sea él también

También los biógrafos de San Vicente escriben que el santo ya en su momento lo contaba exactamente de la misma forma. Aunque desde la parte de San Vicente apenas se le tuvo en consideración y tuvo transcendencia puesto que el santo falleció en 1419, años antes de que se Alfonso se alzara como Calixto III.

           

La profecía de San Vicente Ferrer

El papado de Calixto no fue probablemente como él había soñado. Desde su cargo intentó inútilmente que las coronas europeas dejaran atrás sus luchas internas para crear un frente firme y tratar de recuperar Constantinopla, pero fue en vano y la ciudad quedaría ya en manos de los turcos para siempre.

Antes de morir, Calixto III anuló el juicio de 1431 que había condenado a Juana de Arco a morir en la hoguera, declarándola inocente de todos los cargos de brujería de los que había sido acusada.

Como dato anecdótico y quizá innecesario Calixto III excomulgó al cometa Halley en su paso por Europa en 1456.

 

La sombra de los Borgia es alargada

Calixto III fallece el 6 de Agosto de 1548, solo tres años después de haber sido nombrado Papa. No sería su sucesor, pues aún tardaría algunos años en llegar hasta el trono de Roma, pero su sobrino, el futuro Alejandro VI, convertiría el apellido de la familia en sinónimo de traición y crueldad.

Calixto, como la mayoría de los Papas, fue enterrado en un principio en la ciudad del Vaticano y ahí habría de haber permanecido por muchos siglos pues es lo establecido, un obispo debe ser sepultado dentro de su obispado o congregación. Pero tras varios traslados de su cadáver de una cripta a otra, justificados siempre por obras o restauraciones que se debían llevar a cabo, es en 1610 y junto con los restos de su sobrino, Rodrigo Borgia, cuando es trasladado finalmente hasta la Iglesia de Santa María de Montserrat en Roma,  iglesia que casualmente pertenecía a la corona de Aragón. Ante tal acto quedaba claro que ambos Papas valencianos nunca fueron bienvenidos en el Vaticano y de esta forma fueron desterrados y enviados al olvido. El papa Calixto III nunca mereció tal ostracismo, y es  que él únicamente fue víctima de su parentesco.

Mausoleo que alberga las tumbas de los Papas Calixto III y Alejandro VI

En el mausoleo, los dos Papas, frente a frente, parecen mirarse con reproche, como si uno a otro todavía le debiera unas palabras.

Sus tumbas se encuentran totalmente olvidadas. Apenas nadie las visita ya, relegadas a permanecer en  el lateral de la pequeña capilla de la Iglesia, allí descansan los restos de los que un día ostentaron el título del Vicario de Cristo.

Carolina García Alvarado

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