Las elegidas de Vesta

Vesta, diosa protectora del hogar y estado de bienestar de Roma. Aunque conocida ya desde la antigua Grecia como hija de Rea y Cronos, es el imperio romano el que le otorga el privilegio de convertirse en el fuego sagrado de Roma. Su efigie la presenta como una mujer que sostiene en una de sus manos un cuenco votivo mientras que la otra alza una antorcha.

Cuenta la leyenda y así lo explica la mitología griega, que en los albores de la existencia de los dioses, Vesta fue cortejada por Apolo y Neptuno pero rechazó a ambos manteniéndose virgen y pura para toda la eternidad, este “sacrificio” que la diosa le otorgó a la humanidad la llevó a ser eternamente representada junto al Fuego Sagrado de Roma o Fuego de la Vida, que para los antiguos romanos suponía uno de los emblemas más importantes del imperio. Los orígenes de la diosa, aunque se cree que se remontan a tiempos inmemorables, son realmente constatados a través de escritos datados de la época de los reyes romanos, mucho antes de la república y el imperio, cuando Roma todavía mantenía como forma de gobierno la monarquía

Representación de la diosa Vesta

Aunque contamos con una visión o representación de la diosa quizá idealizada como una bella mujer que cuidaba y protegía al gran imperio, lo cierto es que nunca se ha encontrado ninguna estatua que represente a una virgen Vestal como tal.  La imagen que se ha creado de ella nos llega a través del grabado de una moneda que se encontró en lo que sería el templo de la diosa en la antigua Roma. Pero aunque su efigie no haya llegado de forma nítida hasta nuestros días no le resta importancia al gran poder que alcanzó su culto en la ciudad de las siete colinas.

Ruinas del templo de Vesta en Roma

Al fuego, ya fuera de forma simbólica o de manera física, siempre se la ha otorgado un lugar de gran relevancia y privilegio entre las necesidades de los distintos pueblos y civilizaciones de la historia. Es en Roma donde se convertiría además en verdadera condición sine qua non para su existencia y desarrollo. Ante ello, no sólo era necesaria la construcción de un templo dedicado a la diosa, sino que además este debía de contar con las sacerdotisas más dedicadas, entregadas y serviciales que el imperio romano pudiese ofrecer.

Para entender esta adoración al fuego que se ha mantenido desde la antigüedad hay que tener en cuenta que ya desde los más primitivos pueblos, el mantenimiento y encendido del fuego era una labor que conllevaba una cierta dificultad y laboriosidad. Por ello se solía disponer de un fuego común en el poblado (fucus publicus) y otro dentro del núcleo familiar, de forma que si el fuego se apagara en el hogar siempre hubiera uno disponible con el que se pudiera avivar de nuevo. Tradicionalmente el fuego comunitario era atendido y custodiado por jóvenes mujeres que todavía no se habían casado y por tanto no tenían hijos ni tareas hogareñas que atender. En caso de que el fuego se extinguiera provocaba un gran infortunio para toda la comunidad, que auguraba funestas consecuencias, esa sensación de desamparo que suponía perder el fuego se trasladó años después a los cultos llevados a cabo por las diferentes civilizaciones. Por tanto el sagrado fuego de Roma debía de permanecer siempre vivo e impertérrito y ellas, solo seis de ellas, serían las elegidas.

  • El emperador se dirigía a la elegida entre todas las que aspiraban a servir a la diosa con las palabras de “Te tomo a ti, amada”

Eran seleccionadas entre las mejores familias patricias de Roma, las más distinguidas, las más ricas, las más poderosas. Las niñas que tenían entre seis y diez años, debían de ser perfectas, no tener ningún defecto físico y contar con una natural belleza. Las pequeñas eran separadas de sus familias para ingresar en el templo y dedicar exclusivamente sus vidas al servicio de la diosa virgen. Al menos así lo harían en los siguientes treinta años. Durante los diez primeros años, las vestales se convertían en estudiantes, aprendían todo lo relacionado con la religión y el culto a Vesta y las diferentes tareas en el templo. Los siguientes diez años estaban destinados al cuidado de La Llama Sagrada y a la participación en ceremonias de consagración. En la última década se convertían en las maestras de las jóvenes discípulas. Tras esos años de servicio a la diosa, cada virgen vestal podía decidir si quería abandonar definitivamente el templo o vivir en el para el resto de sus días.

Pero pocas eran las que elegían vivir fuera de la protección de los muros del templo. No sólo porque se pueda pensar que una mujer de casi cuarenta años en la antigua Roma era prácticamente una anciana y a esa edad es complicado comenzar y construir una nueva vida, sino porque ser una virgen vestal en Roma era unos de los mayores privilegios de los que una mujer podía disfrutar en la vida.

Las vírgenes vestales eran tratadas casi como a la mismísima diosa. Respetadas y adoradas por todos, eran invitadas a grandes banquetes y fiestas organizadas por las grandes y pudientes familias romanas, ocupaban los mejores asientos en los teatros y celebraciones, cuando salían del templo lo hacían siempre escoltadas por lictores, y su mera presencia llegaba a ser tan importante que un condenado podía llegar a ser perdonado por su crimen en caso de que en su camino hacia la ejecución una virgen vestal se cruzara con él e incluso podían participar en el veredicto a un gladiador. Vestían túnicas blancas hechas con el mejor y más fino lino, ribeteadas con hilo de color púrpura, sobre sus cabezas lucían siempre una diadema a la que llamaban vitta. Eran la viva imagen de la pureza y la castidad, nadie osaba tocarlas, un simple gesto irreverente hacia una de las elegidas de Vesta podría significar la muerte de quien osara ofenderlas.

 

Los Votos

   Pero disfrutar de tal distinción en la antigua sociedad romana conllevaba al mismo tiempo el mantenimiento de los votos que las vírgenes vestales habían jurado mantener desde niñas.

Los votos se resumían en mantener siempre encendido el fuego de Vesta y al igual que la diosa continuar siendo vírgenes y puras durante los años de servicio en el templo.

Sin duda ser una virgen vestal en Roma era un título que muchas hubieran deseado ostentar, pero el castigo en caso de que una vestal rompiese su votos era verdaderamente terrible. Aunque no fuera una practica habitual, pues en los casi mil años que duró el culto a la adoración a Vesta, solo se han registrado poco más de veinte casos en los que algunas sacerdotisas Vestales fueron castigadas por romper sus votos, el hecho de que una vestal mantuviera relaciones íntimas con un hombre era considerado una traición y un delito de incesto, ya que como a una sacerdotisa vestal se la consideraba hija de Roma, cualquier relación que esta mantuviera era vista como incestuosa.

Una vez que se tenía constancia de que una virgen vestal había traicionado sus promesas, esta era despojada de sus ropas e insignias religiosas para ser vestida con una especie de sudario fúnebre y maniatada como si desde ese momento se convirtiera en un verdadero cadáver, después era colocada sobre una litera donde sería exhibida en procesión por toda la ciudad como escarmiento para que todos los ciudadanos fueran conscientes de su castigo. Finalmente era conducida hasta el Campus Sceleratus (Campo de los malvados) en las afueras de la muralla Serviana, donde a través de una escalera subterránea sería conducida hasta una cripta donde la vestal permanecería sepultada hasta encontrar la muerte. En la cripta se colocaba una pequeña cantidad de agua y comida para convertir la muerte de la sacerdotisa en una lenta agonía. La penumbra iluminaría la tumba de la vestal en sus últimos días, pues sería sellada completamente tras su entrada. De esta forma se conseguía castigar a una sacerdotisa de Vesta pero sin llegar a derramar su sangre.

El enterramiento en vida

El emperador era quien llevaba a cabo la sentencia como Pontifex Maximus. Como en todas las sociedades o cultos, entre la vírgenes vestales también existían diferentes títulos a través de una jerarquía encabezada por la Máxima Sacerdotisa de las Vestales. Una de estas fue la gran Cornelia que fue acusada y ejecutada sin ninguna prueba por el delito de incesto en tiempos del emperador Domiciano. Así nos lo dejó escrito Suetonio:

      

“Estableció penas diferentes, pero siempre severas, contra los desórdenes sacrílegos de las Vestales, sobre los que su padre y su hermano habían cerrado los ojos. Estas penas fueron primero la capital, y más adelante el suplicio ordenado por las leyes antiguas. Permitió, por ejemplo, a las hermanas Ocelata, y después de éstas a Varronila, que eligieran el género de muerte, y se limitó a desterrar a sus seductores; pero a la Gran Vestal Cornelia la hizo enterrar viva…”

En el año 91 a.C Domiciano declaró a Cornelia culpable sin darle ni siquiera audiencia. Algo que resulta irónico y contradictorio, cuando él mismo había cometido incesto con la hija de su hermano.

Sería en el año 394 cuando el emperador Teodosio disolvería definitivamente a las vestales. Ese mismo año, la que fue la última Vestalis Máxima, Coelia Concordia dimitió como máxima autoridad vestal antes de que este la depusiera de su cargo, convirtiéndose algunos años después al cristianismo, que ya se había establecido como religión oficial en el Imperio Romano. La misión de salvaguardar el fuego eterno había terminado y con ello las únicas sacerdotisas que existieron durante el Imperio Romano.

Representación de la Vestalis Máxima

Entre las leyendas que se suceden acerca de estas mujeres veneradas en la antigua Roma, destaca una particularmente por el mensaje que trasmitió en su momento y contexto histórico, se trata de la traición de la vestal Tarpeya.

La leyenda dice que mientras Roma era asediada por el rey sabino Tito Tacio, Tarpeya, hija del comandante de la ciudadela, Espurio Tarpeyo, se acercó al campo sabino y les ofreció la entrada a cambio de “lo que ellos llevaban en sus brazos izquierdos”. Deseando el oro, ella se refería a sus brazaletes, pero en lugar de ello los sabinos le lanzaron los escudos —que se llevaban en el brazo izquierdo— sobre ella y así quedó aplastada hasta la muerte debajo de tal peso. Su cuerpo fue entonces lanzado desde la roca Tarpeya, que pasó a ser conocida como el lugar de ejecución para los más destacados traidores de Roma. Los sabinos fueron, sin embargo, incapaces de conquistar el foro, con sus puertas milagrosamente protegidas por chorros de agua creados por Jano, el dios romano abridor de las puertas.

El mensaje quedó bastante claro, cualquier traición a Roma se pagaba con la muerte.

                            Carolina García Alvarado

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