Las alfareras que dijeron no al Imperio Romano

A lo largo de más de tres siglos los seguidores de la doctrina de Jesucristo fueron perseguidos, torturados y asesinados por el Imperio Romano. Pese a ello, pocos renunciaron a sus creencias, enfrentándose a sus perseguidores y al derecho a manifestar su fe. Todos, bajo la fuerza y el aliento que les daba su credo, afrontaron sus crueles destinos bajo la convicción de que sus verdugos serían perdonados por Dios.

Mantener esa fuerza durante tantos años de persecuciones fue realmente una proeza y  la prueba de que la fe mueve montañas, y aun así con el paso del tiempo, el número de cristianos no dejó nunca de incrementarse. Según los censos de la época en el año 150 existían unos 40.000 cristianos en el Imperio Romano,  150 años después,  en el año 300 la cifra sobrepasaba los 6 millones. Este progresivo aumento provocó que en el año 313, el emperador Constantino promulgara el que sería el edicto de la tolerancia del cristianismo, el Edicto de Milán. Desde ese momento existiría  la libertad de religión en el Imperio Romano. Además de ello y aunque fuera ya en su lecho de muerte, Constantino I fue el primer emperador romano en convertirse al cristianismo por medio del sacramento del bautismo.

Constantino el grande

Pero antes de que llegara ese momento, muchos cristianos se convirtieron en mártires, viviendo sometidos bajo una religión que no era la suya y siendo castigados por el simple hecho de creer en un dios distinto al que el Imperio les imponía.

Durante el siglo III el Imperio Romano sufrió una gran crisis, una profunda crisis militar precipitada por el asesinato del emperador Alejandro Severo en el año 235 tras perder  la campaña contra los persas. Las presiones de los pueblos exteriores del imperio, una grave recesión económica y conflictos internos llevaron al imperio hasta una situación de gran incertidumbre y caos social.

El imperio llegó a dividirse aunque de forma efímera en tres estados que competían entre sí, siendo llamados Imperio Galo, Romano y De Palmira. Tras quince años de luchas entre las provincias que antes habían formado parte del Imperio Romano, el emperador Claudio II y su sucesor Aureliano consiguieron unificarlo de nuevo. Sería ya Diocleciano, a partir del año 284 quien estableció varias reformas en las que decretó una ley que regulaba el derecho de sucesión al trono,  que había sido una de las principales causas de la crisis vivida, junto con la ineficaz burocracia romana.

Por todo ello y para evitar futuras insurrecciones y de esa forma ejercer un mayor control sobre el imperio, Diocleciano establece la llamada tetrarquía. Otorga a Maximiano el título de augusto en occidente y Galerio y Constancio son nombrados césares. Aunque aparentemente esta forma de gobierno repartía la gobernabilidad del imperio,  Diocleciano únicamente lo que hizo fue ajustar su figura a la de un autócrata.

Las últimas mártires de Sevilla

La fecha exacta en la que aconteció es incierta. Solo sabemos que el altercado ocurrió entre los años 285 y 290. En Sevilla, en la provincia romana de Hispalis. La adoración a los numerosos dioses romanos conllevaba la celebración de diferentes fiestas a lo largo del año. Una de ellas,  la festividad en honor a la diosa Venus ,que se celebraba el día 18 de agosto, era al parecer muy popular y esperada. Por ello los seguidores de la diosa se dedicaban a pasear su estatua y pedir donativos por todas las casas de la ciudad para poder costear la celebración de la festividad.

Llegaron hasta la casa taller de dos hermanas sevillanas, huérfanas al parecer,  que tenían un pequeño negocio de alfarería situado en la puerta de Triana. Justa y Rufina, que eran cristianas en la clandestinidad, se negaron totalmente a dar dinero en favor de una diosa pagana. Se enfrentaron a sus seguidores y acabaron rompieron la estatua de la diosa  cuando estos antes habían tratado de destrozar su tienda.

El altercado, que se había convertido en un delito grave, llegó hasta el conocimiento del prefecto de Sevilla, Diogeniano, que no dudo en castigarlas duramente encarcelándolas hasta que decidieran abandonar sus creencias. Pero esto nunca sucedería pese a que fueron sometidas a diferentes torturas y tormentos. El prefecto decidió volver a castigarlas, esta vez de forma más dura si cabe, en espera de su renuncia, obligándolas a caminar descalzas  hasta Sierra Morena. No surgiría ningún efecto en las dos hermanas que continuarían manteniendo su fe hasta sus últimos días.

Diogeniano decidió encarcelarlas de por vida viendo que nada podía hacer para que abandonaran su fe en dios. Justa, la hermana mayor, enfermó estando en la cárcel y falleció al poco tiempo. El prefecto estaba seguro de que Rufina la seguiría pronto, pero tras algunos meses esperando a que sucediera  y viendo que la joven se resistía en abandonar esta vida, decidió organizar un espectáculo en el anfiteatro y lanzarla a los leones para acabar lo antes posible con aquella peligrosa mujer que cada día parecía tener más seguidores.

¿Sería aquel carpintero judío el verdadero dios único? Debió de pensar el prefecto.

Las fieras tampoco acabaron con la vida de Rufina. Cuando esta se encontró frente al animal en la arena del anfiteatro, el león no la atacó sino que se tumbó junto a ella de forma dócil y sumisa. El prefecto ya no sabía que hacer para acabar con la vida de la joven alfarera. Parecía recibir algún tipo de poderosa ayuda celestial que la hacía cada vez más fuerte ¿sería aquel carpintero judío el verdadero dios único? Debió de pensar el prefecto.

Viendo que ni las torturas, ni el encierro, ni las fieras acababan con su vida sólo le quedaba una opción. La decapitación. De la misma forma en que cuando Juan el Bautista fue decapitado por orden de Herodes este perdió a muchos de sus seguidores y fieles, ejecutaría a Rufina para lograr así acabar con su supuesta divinidad. En lo que seguramente no había pensado es en que de esa forma la estaba convirtiendo en una mártir.

Anfiteatro de Itálica

La iglesia canonizó a las dos hermanas elevándolas a la categoría de santas algunos años después.

Las santas Justa y Rufina en un óleo de Murillo representadas portando las vasijas de loza que fabricaban junto a la hoja de palma, símbolo de los mártires

La leyenda cuenta que una vez le dieron muerte a Rufina ,los restos de las dos hermanas fueron enterrados en un pequeño cementerio de cristianos que se encontraba cerca de la Puerta de Córdoba en Sevilla. Años después siendo ya el cristianismo aceptado en el Imperio Romano se las trasladó al convento de los Capuchinos, aunque sus restos a día de hoy se encuentran desaparecidos. Durante la guerra civil española se escondieron para evitar que fueran destruidos durante el conflicto y desde entonces nadie conoce cual fue su destino.

Última foto que se tomó de los restos de las dos santas

La mayoría de las veces recordamos únicamente los crímenes que la iglesia católica ha cometido durante toda su historia, obviando el hecho de que durante mucho tiempo antes, ser cristiano y profesar la fe en Cristo era un delito.

Leyenda o no, la historia de estas hermanas narra la realidad de todas esas personas que sufrieron martirio y persecución durante tres siglos, que como otras víctimas de su tiempo merecen también ser recordadas.

Carolina García Alvarado

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