El superviviente de Pompeya

Ni siquiera sabían que vivían tan cerca de un volcán. Nunca hubieran imaginado que sus vidas fueron sentenciadas desde el momento en el que eligieron vivir en Pompeya o en Herculano.

El Monte Vesubio nunca fue registrado en la antigüedad como un volcán. En libros como en el de “Historia Natural”, enciclopedia escrita durante el siglo I de nuestra época sobre astronomía, matemáticas , geografía y otras ciencias, simplemente se denomina al monte como “un lugar donde se crían ásperos vinos”. El motivo es porque, aunque el monte ya había presentado actividad volcánica miles de años antes, la última erupción previa a la destrucción de las dos ciudades había sucedido más de 700 años atrás y el imperio romano no tenía registro de ella.

Miles de personas vivían ajenas a la proximidad del infierno que se fraguaba bajo sus pies.

 

Pompeya

La ciudad de Pompeya se enontraba al sur de la península itálica, en la región de la Campania, su situación cercana al mar de Tirreno y a orillas del rio Sarno, le proporcionó una actividad económica y mercantil importante y lucrativa. La vida en la ciudad era como la de cualquier otra del imperio romano, contaba con un foro, numerosos templos dedicados a distintos dioses, un Macelleum (mercado), un Antiquarium, varias termas, teatros y un gran anfiteatro, además de casas particulares ricas en bellos mosaicos decorativos. Era sin duda una pequeña y próspera ciudad romana adaptada a su tiempo. Los habitantes tanto de Pompeya como de Herculano (a pocos kilómetros) estaban acostumbrados a los terremotos. La tierra había temblado más de una ocasión antes de la gran erupción del volcán en el año 79. El más importante de ellos sucedió en el año 62 y dañó gran parte de la ciudad. Ahora sabemos que quizá ese movimiento de tierra fue el precursor de la virulenta explosión que se produciría treinta años después.

Pero la ciudad nunca fue consciente de la magnitud del peligro que les acechaba. Los pompeyanos han pasado a la historia por haber creado y vivido en una sociedad liberal y llena de excesos. Quizá atraídos por ese estilo de vida, Pompeya fue una ciudad de índole vacacional para numerosos patricios romanos. El mismo Ciceron se retiraba a su villa pompeyana en época estival.

Fresco de una villa pompeyana

Los dioses nos han abandonado

El día 24 de Octubre del año 79 de nuestra era, los cielos de Pompeya y Herculano  se llenaron de una oscura lluvia de cenizas. Una temible columna de gases y piedra volcánica emergió desde el monte del Vesubio. Los temblores de tierra se sucedían, nadie daba crédito a lo que estaba sucediendo, los gases convertían en irrespirable el aire de la ciudad. Al desconocer el origen del desastre la mayoría de las gentes se hacinaron en sus casas, cerrando fuertemente sus puertas, sintiéndose quizás a salvo de la aterradora visión del cataclismo,  en espera de que la situación cambiase. Pero algunos de ellos a pesar de saber que dejaban atrás todas sus pertenencias y bienes , decidieron huir.

Los que se aventuraron en la huida corrieron hasta el puerto y los más afortunados entre ellos consiguieron embarcarse en algún navío que los trasladaría hasta un lugar donde el sol volviera a cubrir el cielo. Cada vez cobraba mas fuerza el pensamiento de que, ante su libertino comportamiento, los dioses los estaban castigando.

El cielo convertido en infierno caía sobre nosotros como si del mismo Tártaro se tratara

Algunos de esos barcos que se habían acercado hasta el puerto de la ciudad, lo habían hecho en principio  movidos por la curiosidad del fenómeno que se estaba produciendo, inaudito y desconocido. Pero tras comprobar la magnitud que había alcanzado y el peligro que suponía para todos los habitantes, se había transformado en una nave de rescate. Así le ocurrió a un barco que partió de la ciudad de Miseno, a unos 20 kilómetros de Pompeya, pilotado por un famoso almirante y naturalista romano que se encontraba al mando de la flota de la región. Muchos de los barcos que pertenecían a la armada del imperio también se sumaron a él para salvarla vida de muchas personas que escaparon del desastre.

Cuadro que ilustra la erupción del volcán

Pocas horas después, en las que las explosiones, los gases y la lluvia de cenizas no habían cesado en ningún momento, los que aún mantuvieron la esperanza de que los dioses no los abandonarían a su suerte fueron sepultados bajo montañas de magma, ceniza y piedras volcánicas. La ciudad quedó cubierta por más de seis metros de escombros. Hoy conocemos todos los efectos que causa la erupción de un volcán, por eso se puede afirmar que la ciudad, una vez que el Vesubio explosionó y el magma comenzó a descender por ella, alcanzó una temperatura de más de 400 grados.

También sabemos que lo más probable es que la mayoría de los que perecieron, lo fueron a consecuencia de la inhalación de los gases y la exposición a las altas temperaturas, tratándose al menos esta de una muerte rápida.

El superviviente

Un tiempo después del suceso, el historiador Tácito le pidió a un superviviente de la catástrofe que le relatara la vivencia en primera persona y la muerte de su tío, aquel  noble almirante que había conducido las naves salvadoras y que al parecer había fallecido cuando su barco tuvo que desviarse hasta la costa de Estabia, cuando se convirtió en innavegable el trayecto por mar hasta Pompeya. Su tío era además un gran amigo de Tácito

Y este rápidamente le hizo llegar dos cartas.

“Me pides que te describa la muerte de mi tío para poder transmitirla más verazmente a la posteridad. Te doy las gracias, pues veo que  su muerte tendrá una  gloria inmortal si es recordada por ti.

Pues  aunque murió en la destrucción de unas tierras hermosísimas y vaya a vivir siempre como corresponde a los pueblos y ciudades de destino memorable, aunque él mismo ha escrito muchas y perdurables obras, sin embargo la inmortalidad de tus escritos aumentará  mucho su perpetuidad.
Ciertamente considero dichosos a aquellos a quienes  se  les ha concedido como regalo  de los dioses o hacer cosas dignas de ser escritas o escribir cosas dignas de ser leídas, pero considero los más dichosos de todos a quienes  les han concedido las dos cosas. En el número de éstos estará mi tío, no sólo  por sus libros sino también por los tuyos. Por todo esto asumo con mucho gusto, incluso me exijo, lo que me encargas…”

El superviviente era Plinio el Joven y el valeroso almirante naturalista era su tío, Plinio el Viejo. Es curioso como fue el mismo Plinio el Viejo quien escribió en su obra Historia Natural aquellas sencillas e inocentes palabras para referirse al monte del Vesubio, sólo lo consideró una fértil montaña. Quizá fue eso mismo lo que lo llevó a querer ayudar a aquellas personas que habían vivido tanto tiempo sin conocer la amenaza de un peligro que él podría haber descubierto tiempo atrás. Debió de sentirse casi obligado.

El descubrimiento

El relato y las cartas que el joven Plinio le envió  a Tácito nunca fueron tomadas por ningún historiador como ciertas, siempre se pensó que eran más una fantasía que una realidad. Pero cuando en el siglo XVIII se descubrieron las ruinas de Pompeya comprobaron que todas y cada una de las palabras del joven habían sido ciertas.

“…mientras tanto en el Vesubio relucían, en diversos lugares, enormes y anchas llamas y elevados incendios, cuyo fulgor y cuya claridad se destacaban en las tinieblas de la noche. Mi tío, para excusar el miedo, decía que se trataba de hogueras hechas por campesinos fugitivos o villas abandonadas que ardían. ..” Plinio también aseguró que una gran columna de fuego en forma de pino se cernía sobre el monte. En cierta medida fueron afortunados pues Plinio y su familia se encontraban en Miseno, y aunque la ciudad también quedó dañada por la erupción, no es comparable a la destrucción de Pompeya.

 

Pese a que durante siglos se sabía que las ruinas de las ciudades de Pompeya y Herculano se encontraban sepultadas cerca de la actual ciudad de Nápoles, nadie inició nunca una excavación. Sería ya en 1738 cuando el ,que sería tiempo después Carlos III de España y en ese momento rey de Nápoles, encargó al ingeniero español, Roque Joaquín de Alcubierre, que iniciase las excavaciones. Y entre las ruinas de casas y templos se encontraron también los restos de cuerpos humanos. Algunos mantenían la forma y la expresión con la que se enfrentaron a la muerte. Muchos de los cuerpos se volatilizaron en cuanto entraron en contacto con el aire, por eso se intentó tratar de momificarlos de alguna manera para conservar las momias de las víctimas del desastre.

El llamado “Jardín de los fugitivos”

 

El último gesto
Taller donde los cuerpos son preservados

 

Hubiera sido imposible evitar la erupción del Vesubio, podríamos pensar que incluso era improbable predecirlo. Pero muchas veces la respuesta se encuentra ya escrita, solo que deberían de haber prestado más atención, y es que a veces buscamos soluciones a problemas que se resolvieron hace ya muchos años.

El geógrafo e historiador Estrabón más de cincuenta años antes de la erupción ya estableció según él, cuál era la verdadera naturaleza de aquella montaña, pero parece ser que nunca se tuvo en cuenta.

 “El monte Vesubio está colonizado en derredor por tierras de cultivo muy hermosas, salvo en su cima, plana casi toda e improductiva; por su aspecto parece ceniza y muestra unas grietas que se abren como poros en la superficie, como si las hubiera consumido el fuego. […] Se podría conjeturar que, en otro tiempo este territorio fue pasto de las llamas, que albergaba cráteres de fuego y que el fuego acabó por extinguirse por falta de madera. Quizás esta sea la causa de la fertilidad de su entorno, como en el caso de Catania, donde la parte recubierta de ceniza procedente de las ascuas arrojadas por el fuego del Etna ha producido una tierra muy favorable para la vida”

Estrabón, Geografía v.4.8

Es inevitable pensar si realmente somos conscientes de los peligros que día a día nos acechan. ¿Seremos abandonados algún día nosotros por los dioses también?

Carolina García Alvarado

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