Reinar después de morir

De tristezas, desgracias e infortunios se encuentran cargados los tronos de muchos palacios y residencias reales.  Secretos, traiciones, injurias y deslealtades han señalado a muchos de nuestros monarcas durante toda la historia. Si bien algunas de ellas, inevitables intervenciones por la gravedad de los hechos, tuvieron un desenlace feliz, otras en cambio quedarán en el recuerdo y en la memoria de todos como innecesarias y baldías.

Y este es el caso de la desventurada Inés de Castro. Tan cruel ha sido la historia con ella que ni siquiera conocemos el lugar o la fecha en la que nació. Los únicos registros de los que se dispone la sitúan en el ducado de Peñafiel, en Valladolid, en la residencia de su tío, Don Juan Manuel, donde al parecer se crió.

Si conocemos no obstante la familia a la que pertenecía Inés. Su padre era Pedro Fernández de Castro, primer señor jurisdiccional de Monforte de Lemmos en la provincia de Lugo, y su madre,  Aldonça Lorenço de Valladares, descendiente del rey Alfonso VI de Castilla.  Parece ser que su madre murió cuando Inés era todavía muy pequeña y por ello su padre decidió enviarla junto a su tío, Don Juan Manuel (el escritor de El conde Lucanor) y su prima Constanza.

Constanza Manuel de Villena

No debían de tener edades muy distantes entre sí, pues si tanto Don Juan Manuel como Pedro Fernández acordaron que ambas niñas se criaran juntas, las dos debían de encontrarse en edades similares. Al poco de su llegada, alrededor de 1328,  Inés descubre que su prima Constanza ya ha sido prometida al infante Pedro de Portugal. Lo más probable es que Inés nunca lo supiera, pero la desdichada Constanza ya había sido repudiada en un matrimonio anterior. Años atrás su padre la había obligado a casarse cuando sólo tenía nueve años con el rey Alfonso XI de Castilla, que no hacía mucho que había cumplido los catorce años. La ley, afortunadamente, impedía la consumación del matrimonio por la minoría de edad de Constanza, así que poco tiempo después de casarse, Alfonso la repudio para poder contraer matrimonio con la infanta María de Portugal, que curiosamente era hija del rey Alfonso IV de Portugal y hermana del infante Pedro, el que se convertiría en el segundo esposo de Constanza. La circunstancia no fue casual sino causal, las alianzas políticas y territoriales se han sellado durante siglos mediante matrimonios concertados y este enlace es una prueba más de ello.

Tras cumplir esa mayoría de edad, que en el siglo XIV se marcaba en los inocentes catorce años, Constanza contrajo de nuevo nupcias con el infante Pedro de Portugal en 1336. Pero la ceremonia no será realmente la de un enlace habitual, pues únicamente se celebra por poderes. Y es que hasta que no se obtenga el beneplácito del rey Alfonso XI de la unión entre Constanza y Pedro, los ya marido y mujer, no podrán verse ni afianzar el enlace.

Tuvieron que esperar hasta 1339 para obtener el permiso del monarca y entonces finalmente Constanza pudo al fin viajar hasta Portugal y encontrarse con su joven marido por primera vez. Nunca abandonaría a su querida Inés, que la acompañaría en ese viaje y para el resto de su vida. Constanza le había pedido que fuese su dama de compañía en Lisboa y por supuesto Inés no desdeñó el ofrecimiento. Esa decisión marcaría de forma definitiva el destino de muchas personas y por lo tanto de la historia en sí misma.

Quizá es en este momento cuando la leyenda se entrecruza con la verdad histórica, pero todas las narraciones o registros encontrados que nos hablan de este momento aseguran que ocurrió de esta manera. Constanza llegó a Lisboa acompañada de Inés y otras de sus damas para reunirse con Pedro. No se habían visto nunca, a excepción de los retratos que a ambos les habían hecho llegar. Inmediatamente la mirada de Pedro se posó en la figura de Inés, que se mantenía en un segundo plano, aunque parece ser que las miradas de ambos se cruzaron en algún momento y según cuenta la leyenda se enamoraron de inmediato.

Infante Don Pedro
Inés de Castro

Se dice que Constanza también fue consciente de que en ese primer encuentro, su marido y su prima habían manifestado el uno por el otro algo más que una simple cordialidad. Pero no demostró nunca sentirse disgustada con Pedro o con Inés. De todas formas Pedro era su marido y en esos momentos se encontraba muy excitada por tener que prepararse para asistir a un ceremonial que Pedro había preparado para, esta vez si, disfrutar de una boda realmente.

De nuevo la historia no nos ha desvelado lo que pasó en los sucesivos días, pero si sabemos que doña Inés y Pedro mantuvieron relaciones, incluso cuando este fue padre por primera vez  junto con Constanza.

El padre de Pedro, el rey Alfonso IV de Portugal, que no era ajeno a la infidelidad de su hijo (realmente toda la corte portuguesa era conocedora de los amoríos del infante) habla con su hijo y le informa de que ha ordenado desterrar a Inés a Alburquerque para que no continué inmiscuyéndose en las relaciones de su hijo y esposa. No parece que a Pedro le importe mucho el exilio de su amada pues no pone oposición alguna ante la decisión de su padre. Pedro cree incluso, que de esa forma, apartándola de la corte, será más fácil continuar con su adulterio lejos de los ojos de Constanza.

El atroz desenlace

Constanza murió en 1345, pocos días después de haber dado a luz a su tercer hijo, Fernando, teniendo únicamente veinte nueve años. Pedro, pese a que amaba a Inés, respetaba y quería a Constanza lo suficiente como para organizar un gran funeral en su recuerdo y enterrarla en un gran sepulcro en el convento de San Francisco en Santarém, cerca de Lisboa.

Ante el fallecimiento de Constanza, Pedro se sintió libre y fue en busca de Inés, la rescató de su exilio y vivieron durante ocho años en una villa al norte de Portugal. Y felices de su distanciamiento de las hastías e incómodas miradas con las que siempre les habían condenado desde Lisboa tuvieron tres hijos. Pero en la corte muchos se sentían intranquilos, sobre todo el rey Alfonso al que le perturbaba la idea de que en un futuro esos hijos (ante la ley bastardos, pero legítimos en caso de que Pedro contrajera matrimonio con Inés) pudieran entrar en luchas y disputas por la sucesión del trono del país con los hijos que Pedro había tenido con Constanza. El problema residía en que la misma Inés era hija ilegítima, una total deshonra en caso de que algún día pudiera llegar a ser reina, además Inés pertenecía a una familia castellana muy influyente en el reino español y lo último que el soberano quería era un nuevo conflicto con el reino vecino. Tenía que buscar una solución para evitarlo, pero la única posible pasaba por eliminar a Inés  de la vida de Pedro. Ya lo había intentado años antes exiliándola lejos de Portugal pero no había logrado que Pedro se olvidara de ella.

Así que el rey Alfonso elaboró un plan para asesinar a Inés y junto a tres de sus hombres de confianza, Alfonso Gonçalves, Pedro Coelho y Diego López Pacheco, viajó hasta Coimbra, al monasterio de Santa Clara donde residían Inés, Pedro y sus hijos. Sabían que ese día, Pedro había organizado una cacería e Inés se encontraba sola con los niños.

El asesinato de Doña Inés

Los hombres del rey Alfonso no tuvieron piedad de Inés e incluso la asesinaron  en presencia de sus hijos pequeños. Dicen que cuando Pedro volvió al convento creyó enloquecer, sabía que el verdugo del crimen había sido su propio padre, pero al mismo tiempo Alfonso  también era el rey de Portugal y no podía tomar represalias de ningún modo contra su figura, tendría que posponer su venganza algún tiempo.

La venganza de Pedro

Y ese momento llegó sólo dos años después. El rey Alfonso IV de Portugal falleció el veintiocho de mayo de 1357 y Pedro fue nombrado su sucesor. Ahora Pedro tenía el poder sobre todos y cada uno de sus súbditos y lo primero que hizo tras ser coronado es hablar con el rey de Castilla, que entonces era Pedro I apodado “el cruel”. El portugués conocía el paradero de los asesinos de Inés, sabía que tras el crimen los tres se habían refugiado en Castilla, así que habló con el rey español y llegaron a pactar un intercambio entre los asesinos de Inés y otros delincuentes castellanos que se ocultaban en Portugal. Lo preparó todo de tal manera que ninguno de los invitados al gran banquete que  Pedro organizó sospechó nunca del espantoso espectáculo del que iban a ser testigos.

A primera vista, parecía una recepción similar a las muchas otras que solían celebrarse en palacio. Una gran mesa en forma de u, hacía que todos los invitados tuvieran acceso a ver lo que en el centro del gran salón estaba a punto de acontecer. Cuando la comida finalizó, el rey se levantó y pidió silencio. Con un grito pidió que les hicieran pasar, y cuatro soldados de la guardia real entraron sosteniendo a dos hombres que parecían haber sido golpeados. Se situaron en el centro de la gran habitación, donde previamente se habían colocado dos postes a los que fueron asidos los dos hombres mientras estos ofrecían gran resistencia y lanzaban improperios contra el rey. La leyenda cuenta que el rey Pedro se acercó a ellos, los llamó asesinos y cobardes y les dijo que merecían que les sacara el corazón. Y tal es así, que él mismo junto con un cuchillo, les abrió el pecho y les extrajo el corazón mientras gritaba que al fin había alcanzado su venganza, y según aseguran algunas fuentes de la época, mordió y destrozó los corazones de los ya difuntos Alonso Gonçalves y Pedro Coelho( Diego López Pacheco fue el único que escapó con vida pues logró llegar hasta Francia antes de que el rey Pedro fuera en su búsqueda)

Como Pedro no podía devolver la vida a Doña Inés, al menos se aseguró que todos sus súbditos la trataran y reconocieran como su majestad, la reina de Portugal, y es que Pedro juró que un año antes del fallecimiento de Inés se había casado con ella, pese a que nunca se encontraron ni archivos ni testigos del enlace, y que además siendo los contrayentes primos habrían necesitado de la correspondiente bula papal para desposarse, nadie osó en contradecir al rey. Y así Pedro mandó exhumar el cadáver de doña Inés que se encontraba en una tumba en el monasterio de Coimbra, para una vez en palacio, situar los restos (previamente vestidos y engalanados como cualquier reina) de su esposa en el trono y coronarla como reina de Portugal. Obligó a todos los cortesanos a que uno a uno besaran la mano de la reina (o lo que pudiera quedar de ella tras dos años de su muerte) mostrando así sus respetos y lealtad.

El cadáver de Inés en el trono junto a Pedro

No, Pedro no estaba loco, solo quería ofrecerle a su amada lo que no pudo darle en vida, el trono de Portugal. Pero el rey era consciente de que Inés ya no era más que un pila de huesos y su lugar ya no estaba entre los vivos. Por eso hizo esculpir un gran túmulo como tumba para que la reina fuera enterrada como merecía en el monasterio de la Alcobaça.

Sepilcro de Doña Inés de Castro

Y antes de que la muerte le sobreviniera, Pedro encargó otro sepulcro exactamente igual pero con su propia efigie y ordenó que una vez que falleciese y fuese enterrado en él, su túmulo se colocaría frente al de Inés para que cuando a ambos les llegara al día de la resurrección , lo primero que vieran sus ojos fuera a su amada Inés.

“Su cuerpo dejará, no su cuidado; 
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.”Francisco de Quevedo.

Las tumbas de Pedro e Inés, uno frente al otro

Pedro I de Portugal sólo reinó por diez años y siguiendo su deseo fue enterrado frente a su amada Inés en el monasterio de la Alcobaça. Parece que en un último intento de resarcirse ante sus decisiones tomadas, Pedro quiso otorgarles a las dos mujeres que más lo habían amado en su vida diferentes concesiones. Finalmente nombraría como su sucesor a Fernando, el hijo que había tenido con Constanza. Así pues dio a cada una un privilegio, a Inés le dio un trono, aunque fuera de manera póstuma y a Constanza la convirtió en la madre de un rey. Y de este modo al menos, serán recordadas por la historia.

    Carolina García Alvarado

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