Esfinges íberas, un toro y Agost

Cuando oigo el pueblo de Agost, tan sólo puedo esbozar una sonrisa. En esta tierra de arcillas he pasado los mejores años de mi vida, donde la infancia me trae tan buenos recuerdos. Pueblo donde en parte he crecido con mis abuelos en la vieja calle Alfarería, en aquella vieja y enorme casa (¡ay, pero cuánto lloré cuando la pusieron en venta!) que aún conservaba en su patio un antiguo horno alfarero. Me encantaba asomarme con mucho cuidado y observar los restos de cerámica que, para mí, eran auténticos tesoros.

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