La última morada de Germana y Fernando

La reina Isabel de Castilla, consorte del reino de Aragón ,Sicilia y Nápoles falleció el 26 de noviembre de 1504 a la edad de cincuenta y cuatro años. El testamento de la reina católica era claro y conciso. Legaba el trono a su primogénita, la infanta Juana, pero al mismo tiempo concedía a Fernando, su esposo, la administración y gobierno en su nombre del reino de Castilla. Todo ello hasta que el infante Carlos, hijo de Juana, cumpliese veinte años.

Los castellanos no querían ni aceptaban que un rey aragonés les gobernara, así que Fernando no tardó en trasladarse al reino de Aragón, dejando a su hija y esposo Felipe (el hermoso) como soberanos de Castilla. No sería por mucho tiempo, pues el joven rey Felipe fallecería al poco de tomar posesión del reino dejando como sabemos, a una Juana abatida y turbada que llegó ser poco más que un simple instrumento en manos de su padre y más tarde de su propio hijo.

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Un libro prohibido, una excomunión y una Papisa

 

Es curioso como algunas veces, las leyendas pasan de ser quimeras o simples epopeyas resistiendo el paso del tiempo y convirtiéndose finalmente en historias. Si la iglesia lo silenció o no, pasa por nuestra creencia o pensamiento. No existe afirmación rotunda de lo ocurrido, tampoco de lo contrario, aunque de una y otra parte encontramos indicios que nos hacen pensar que pudo ser verdad lo entonces acontecido, y de no ser de ese modo, ingeniosa, curiosa y tal vez irreverente es la historia que Emmanuel Royidis nos presenta.

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Las alfareras que dijeron no al Imperio Romano

A lo largo de más de tres siglos los seguidores de la doctrina de Jesucristo fueron perseguidos, torturados y asesinados por el Imperio Romano. Pese a ello, pocos renunciaron a sus creencias, enfrentándose a sus perseguidores y al derecho a manifestar su fe. Todos, bajo la fuerza y el aliento que les daba su credo, afrontaron sus crueles destinos bajo la convicción de que sus verdugos serían perdonados por Dios.

Mantener esa fuerza durante tantos años de persecuciones fue realmente una proeza y  la prueba de que la fe mueve montañas, y aun así con el paso del tiempo, el número de cristianos no dejó nunca de incrementarse. Según los censos de la época en el año 150 existían unos 40.000 cristianos en el Imperio Romano,  150 años después,  en el año 300 la cifra sobrepasaba los 6 millones. Este progresivo aumento provocó que en el año 313, el emperador Constantino promulgara el que sería el edicto de la tolerancia del cristianismo, el Edicto de Milán. Desde ese momento existiría  la libertad de religión en el Imperio Romano. Además de ello y aunque fuera ya en su lecho de muerte, Constantino I fue el primer emperador romano en convertirse al cristianismo por medio del sacramento del bautismo.

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